En el sofá, dos niños comparten el mismo espacio, pero viven mundos muy distintos. Uno tiene una cazuela en la cabeza como casco y una mopa en la mano, imaginándose un héroe al estilo Don Quijote. La otra está con el móvil, concentrada en su realidad digital. Antes llamaríamos “locura” a alguien que creyera vivir aventuras imposibles; hoy, muchos adultos viven en mundos virtuales que no tocan ni ven y nadie los llama locos. La fotografía refleja cómo la imaginación y la percepción de la realidad cambian según el contexto y cómo creamos nuestros propios mundos.
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